Hace unos días que fui a un centro comercial con mi hermano y con mi cuñada. Tienen dos niños que son dos soles, uno de dos años y otro de cuatro meses. Son mis dos únicos sobrinos y me tienen enamorada. El pequeño es tranquilo y comilón, tiene una expresión tan calmada y dulce que cuesta dejar de mirarlo. El mayor es simpático y vivaracho.  Su sonrisa seductora y pícara me derrite por completo. Es un trasto que no para, como corresponde a su edad. Esa tarde no dejaba de corretear por todas las tiendas y yo detrás de él, jugando y asegurándome de que no se perdía ni corría ningún peligro. En un momento dado su papá  le indicó el itinerario a seguir, él se sentó en el suelo, negándose a seguirlo. Eso me dio la idea para este post.

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¿ Qué son las rabietas?

Una rabieta es un enfado o un miedo intenso que se expresa con gritos, lloros y pataleos en alguna situación concreta en relación a los adultos significativos. Es una forma de expresión emocional, a edad temprana no tienen desarrollada la capacidad de expresar verbalmente su rabia, frustración o temor, ni de regular o controlar sus propias emociones. La pataleta es su manera de manifestarnos su disgusto.

Estos berrinches aparecen en torno a los dos años, cuando el niño debe comenzar a integrar las normas impuestas por los adultos y el deseo de cumplir su propia voluntad. Son más habituales y/o intensas cuando el niño está cansado, cuando tiene hambre o sueño o ante la llegada de un nuevo hermano. A la edad de 5 años las rabietas deben haber desaparecido.

Si bien las rabietas son normales a cierta edad, a menudo son reforzadas por los adultos que, ante la desesperación que les provocan, responden con gritos, reproches, castigos, etc. De esta forma los niños consiguen mantener la atención de los padres, aunque sea de forma negativa, y es más probable que la conducta se repita.

¿Qué podemos hacer cuando aparecen las rabietas?

  1. El primer paso es respirar, mantener la calma, apelar a la paciencia y ser coherente. Igualmente importante es actuar siempre y de la misma forma. Si lo hacemos sólo a veces o los adultos de referencia actúan de formas distintas estaremos realizando un refuerzo intermitente, por lo que la rabieta será más difícil de extinguir.
  2. Si la rabieta es incipiente, se puede intentar cambiar el foco de atención del niño o utilizar las bromas y el sentido del humor para centrar su atención en un aspecto positivo, distinto a lo que está ocasionando el malestar.
  3. Ignorar la conducta del niño (no al niño), siempre y cuando no corra peligro, y seguir con la tarea que se estaba realizando previamente. No quedarse mirando, ni cogerlo en brazos. No hablar o hablar en tono de voz neutral, de modo que el niño no perciba que su conducta está recibiendo atención.
  4. No intentar razonar con él, en ese momento no podrá escucharnos.
  5. No castigar, no amenazar ni zarandear y, por supuesto, no ceder a la petición del niño. Si lo hacemos, por la insistencia, para que “no monte un numerito”, porque nos da pena, etc., el niño aprenderá que esa es la forma en que se consigue lo que desea y las rabietas quedarán reforzadas.
  6. Si el niño corre el riesgo de hacerse daño o de hacérselo a otras personas, cógelo (sin mirarle ni hablarle o hablar con un tono de voz neutro) y cámbialo a un lugar seguro. No pretendas cortar la rabieta.
  7. Explicar la conducta alternativa deseada, es decir, decirle al niño de forma clara y concisa que se le atenderá cuando esté calmado.
  8. Cuando el niño se haya sosegado llega el momento de atenderle y premiar la conducta alternativa. Esta técnica debe incluir siempre refuerzo positivo. Olvidemos el enfado, demos besos, abrazos y expresemos lo que nos gusta verlo así de calmado.
  9. Si durante la rabieta ha dejado de llevar a cabo alguna actividad o ha tirado o desordenado algo, es el momento de ayudarle a restaurarlo. Sin reproches.
  10. Elogiar las conductas adaptativas del niño, aunque no vengan precedidas de una rabieta. A menudo los niños sienten que se les presta más atención cuando realizan conductas negativas: “no grites, no llores, te estás portando mal, etc.” y olvidamos reforzar aquellas que deseamos que se mantengan: “Me gusta cuando me hablas con calma.”
  11. No convirtamos el elogio en una crítica, es decir, no acompañemos un “qué bien lo has hecho” con un “pero otras veces te portas mal”, porque perderá la eficacia.

Recordemos que la eficacia de esta técnica depende de la aplicación continuada, es decir, es habitual que al inicio de la aplicación de este modo de actuación las rabietas aumenten en intensidad y/o duración. Es a medida que se practica cuando surte efecto.

Dicho todo esto, os animo a armaros de paciencia, perseverancia, constancia y, sobre todo, mucho amor y a poneros manos a la obra con los chiquitines!